| Yo no quiero hacerme el guapo porque después andan hablando por ahí, pero en general me acuerdo bien de las fechas. Será por eso de que los tanos que vinieron a la Argentina eran devotos de las fechas o que se yo por qué, pero los muchachos nos juntábamos para jugar football desde hacía ya un tiempo. Yo era el de la pelota, que bien nos había costado como dos pesos, y si no estaba yo, era mi hermano el que la llevaba.
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| Padre Lorenzo Massa |
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Algunas tardes nos juntábamos sobre el empedrado de Treinta y Tres, y otras directamente sobre México, y nos armábamos unos picados infernales, de esos que terminaban dos o tres horas después, cuando alguno se tenía que ir porque lo llamaban de la casa para ayudar en algo, o a comprar alguna cosa.
Alguna otra tarde el field era la tierra de Quito, o los sábados a veces podía jugarse sobre Quintino Bocayuva, la calle que te lleva a la iglesia de San Carlos. Algunos de nosotros ya estábamos grandes, no éramos nenes de mamá. Yo por ejemplo, cuando no iba a la escuela, ayudaba a mi padre en la carbonería, donde vendíamos carbón, leña y también hielo.
Al comenzar el match, el que había perdido en el comienzo la elección del equipo que se hacía por alguna triquiñuela, tipo pares y nones (si no era un desafío contra alguna barra cercana, que traía su cuadro armado) era el que comenzaba la partida. Siempre fuimos muy respetuosos de las reglas, y cuando estábamos por comenzar se decía el típico: "Aurieri" (1) a lo que el leader del otro equipo respondía: "Diez" (2) y solo recién ahí comenzaba el cotejo.
Me acuerdo como si fuera hoy cuando el cura Lorenzo nos cruzó en la esquina de Treinta y Tres y México (el cura de la parroquia Salesiana San Antonio, que tenía la escuela) y nos vio jugando al football allí, sabiendo que el día anterior el tramway casi había pisado a uno de nosotros por correr un balón, y nos ofreció jugar en la canchita de la parroquia. Zorro el cura, ya que el negocio era que a cambio asistiésemos a misa todos los domingos.
Era más seguro jugar ahí. Y más lindo. No pudimos resistir el convite. Allí fuimos.
Tiempo después, el cura se hizo presente con un juego de casacas con los colores azul y grana, con mangas largas y con soguita al cuello en V, toda una maravilla. El cura dijo que eran los colores del manto de la virgen, pero cuando fui a fijarme la virgen tiene un manto celeste con un interior rosa. El cura Lorenzo o era muy imaginativo o un poco camelero. Pero bueno, no importa, eran y son unos colores muy vivos, muy lindos.
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| Parroquia de la calle 33 Orientales |
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Jugamos algunos cotejos entre nosotros y contra otros cuadros de la zona. El 26 de marzo se nos ocurrió formar un cuadro con nombre y todo, y empezamos a conversar del tema en las veredas del barrio. El sábado siguiente, le pedimos formalmente al cura que nos prestara un aula del colegio para hacer nuestra reunión. En realidad quién lo encaró fui yo. Por supuesto que el tipo preguntó para que. Y yo le dije que era para fundar un club. El cura, gaucho, nos permitió el aula de segundo grado, que está al lado de la cancha, de frente al patio. Y pidió permiso para estar presente.
Estábamos todos. La barra de siempre, agrandada por los mas chicos. Y comenzó la discusión.
Alguno dijo Cestas y Canastos. Otro dijo Defensores de no se qué calle de por allí. Otro dijo Los Forzosos. Ya nos habíamos puesto de acuerdo con este último nombre cuando el cura Lorenzo preguntó el motivo de ese nombre. Mi hermano le explicó el sentido de la fuerza que daba ese nombre y el temor que les inspiraría a nuestro adversarios. Ya no se bien que dijo el cura, pero no estaba muy de acuerdo. La verdad, es que a mi tampoco me terminaba de convencer. Uno de los muchachos dijo que, para homenajear al cura que nos prestaba la cancha (y a decir verdad, sin cancha no éramos nada) el club debería llamarse Lorenzo Massa. El cura (esta vez estuvo convincente) dijo que eso sería como un pecado de soberbia de su parte, y que solo aceptaría el nombre de un santo como San Lorenzo que murió quemado no se bien como, pero la verdad, es que sonó bastante bien. San Lorenzo.
Todos me miraron a mi. Yo no había dicho ni una sola palabra. Ni si ni no. Un puñado de ojos saltones, en una tarde de otoño y sol en un aula de un colegio salesiano en el barrio de Almagro en la ciudad de Buenos Aires me miraron esperando mi pulgar señalando el cielo o el barro para terminar con una reunión muy importante para todos nosotros.
Yo solo dije: -"A mi no me importa mucho el nombre. Solo quiero que sea 'de Almagro', porque es el barrio al cual todos nosotros pertenecemos"-. Había hablado.
Inmediatamente, el puñado de ojos se dio vuelta y cerró el trato. El nuevo Club se llamaría San Lorenzo de Almagro. Y está bien. Era una tarde de sol de 1908, un día de Abril, el primero del mes, sobre la calle México, en el aula de segundo grado de la escuela salesiana de la parroquia San Antonio.
La verdad, yo personalmente espero que este club dure algunos años. Los colores son tan lindos, que nunca nadie mas podrá tener una casaca tan hermosa como esta. Seguro que no.
Ah, seguro que muchos de los que lean estas líneas no me conocen. Yo soy Luis. El de la Carbonería.
Luis, el Carbunia. Luis Monti.
Luis, de San Lorenzo de Almagro.
(1) Aurieri era la forma gaucha que se utilizaba el comenzar un encuentro entre dos partes, que reemplaza al muy británico "Are you ready?" que era el modo de avisarle al contrincante que estaban por comenzar y contar con su anuencia para el inicio.
(2) Diez era la respuesta al 'Aurieri' que en realidad reemplazaba al 'Yes' original.
Por Marcelo Mariosa |